Cuando el poder confunde el mapa con el botín

Hay momentos en los que la política internacional deja de regirse por reglas, equilibrios y consensos, y se convierte en una mesa de póker mal iluminada, donde uno de los jugadores ya no disimula que hace trampa, amenaza con voltear la mesa y confía en que los demás se levantarán primero. Ese momento parece haber llegado. Y Groenlandia es apenas la carta más visible de un juego mucho más peligroso.

La amenaza de imponer aranceles del 10% —y luego del 25%— a países europeos que se niegan a negociar la “compra” de Groenlandia no es una excentricidad ni una bravata sin consecuencias. Es chantaje económico en estado puro. Coacción directa. La sustitución abierta de la diplomacia por la extorsión, envuelta en el comodín retórico de la “seguridad nacional”, tan elástico que sirve lo mismo para castigar aliados que para justificar cualquier atropello.

El mensaje es brutal en su simpleza: o negocian, o pagan. Donde había alianzas, ahora hay facturas. Donde había soberanía, ahora hay precio. Y donde se hablaba de seguridad colectiva, se impone una lógica primaria: obediencia o castigo.

Para completar la escena —como quien hace un chiste malo mientras amartilla— aparece incluso la confusión entre Islandia y Groenlandia. Un error tan elemental que solo admite dos lecturas: ignorancia inquietante o burla deliberada. Y viniendo de quien pretende adquirir territorios ajenos como si fueran activos inmobiliarios, ambas resultan igual de alarmantes. Tal vez esa sea la intención: provocar, banalizar, irritar. Fingir ligereza mientras se empuja el límite.

Europa, esta vez, no rió la ocurrencia. El parlamento groenlandés respondió con una frase sin retorno: rechazo “por cien generaciones”. Dinamarca endureció el tono. Francia y Alemania dejaron la ambigüedad. Reino Unido habló con mayor claridad. La OTAN, incómoda pero alerta, empezó a moverse. No con estridencia, pero sí con un mensaje inequívoco: aquí hay una línea que no se cruza.

Y aun así, la respuesta sigue siendo cautelosa, medida, casi temerosa de escalar el conflicto con un actor que parece disfrutar llevar cada crisis al borde del abismo. Nadie quiere ser quien encienda la mecha, aunque todos huelan la pólvora.

Mientras tanto, el frente interno estadounidense se degrada con rapidez. Las arbitrariedades del ICE y de otras agencias federales ya no distinguen entre migrantes, residentes o ciudadanos. Hay detenciones absurdas, golpizas, muertes y narrativas oficiales que criminalizan a la víctima antes de investigar al victimario. El desorden crece. El reclamo social también. Pero todavía no alcanza la masa crítica que obligue a un alto real. Y quien gobierna lo sabe.

Se filtra incluso la posibilidad de desempolvar leyes del siglo XIX para justificar estados de excepción, toques de queda y despliegues federales sobre ciudades enteras, bajo el argumento de que los gobiernos locales “no pueden controlar” la protesta social. El manual autoritario clásico, actualizado con amenazas arancelarias, retórica empresarial y desprecio abierto por cualquier mediación institucional.

Todo ocurre dentro de una caja china del poder. Groenlandia tapa al ICE. El ICE tapa la ruptura con aliados. Los aranceles tapan la violencia. Y, en capas más profundas, esa misma caja china oculta la farsa —o la abierta complicidad— en Venezuela, donde la democracia fue utilería mientras se reciclaban operadores y se garantizaban intereses, y disfraza la inhumana negligencia frente a Irán, donde la pasividad estratégica convive con discursos altisonantes que no evitan ni la represión ni la tragedia humana.

Hay que decirlo sin rodeos: no se trata solo de una figura o de un país. En Irán, y de otra forma en Venezuela, también otros actores internacionales han optado por la misma lógica descarnada: actuar solo cuando hay rédito, callar cuando el costo supera el beneficio y mirar hacia otro lado —de manera descarada e inhumana— cuando lo que está en juego son crímenes de lesa humanidad. La defensa de los derechos humanos se invoca como discurso, no como obligación. Se activa cuando conviene y se archiva cuando estorba. No es realismo político: es cinismo institucionalizado.

Algunos todavía intentan vender todo esto como una jugada maestra, confundiendo temeridad con genio. Un ajedrez audaz, dicen. Un bluff calculado. Tal vez. Pero también puede ser algo más simple y más peligroso: la conducta de un empresario metido a gobernante que confunde el mundo con una sala de juntas, a los Estados con proveedores prescindibles y a la intimidación con liderazgo. Un sicofante de la política que parece divertirse empujando cada límite solo para ver quién parpadea primero.

El problema es que esto no es un ring ni una negociación inmobiliaria. Es el equilibrio global. Apostar a que nadie responderá equivale a jugar con fuego en un almacén de pólvora. Y en ese almacén observan —con paciencia estratégica— actores que no necesitan moverse demasiado para beneficiarse del desgaste ajeno. El silencio también es una forma de avance.

El mundo, por ahora, observa como aquel personaje recostado en la hamaca que grita:

—“¡Pásame el antídoto del alacrán!”

—“¿Ya te picó?”

—“No… Pero creo que ahí viene”.

Ese es el nivel de irresponsabilidad histórica que se está normalizando.

Porque el problema ya no es un nombre propio. El problema es hasta dónde puede llegar el poder cuando descubre que puede hacerlo casi sin costo. Cuando comprueba que puede usar agencias federales como instrumentos de intimidación interna, negociar con autoritarios externos, amenazar territorios soberanos y burlarse del derecho internacional sin provocar una reacción proporcional.

El chantaje puede funcionar un tiempo, pero siempre deja cicatrices. Los imperios no suelen caer cuando ya no pueden imponer su fuerza, sino cuando descubren que nadie está dispuesto a seguir legitimando su despotismo no ilustrado.

Y hay algo aún más inquietante: no estamos ante una doctrina estratégica, sino ante un temperamento sin contrapesos. No ante audacia, sino ante impunidad. Cuando el mundo permite que el poder sustituya a la ley y que la intimidación reemplace al consenso, ya no está siendo prudente: está siendo cómplice por omisión.

Los incendios globales no empiezan con bombas.

Empiezan cuando el poder deja de creer en límites y los demás deciden seguir esperando.

X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinión.salcosga23@gmail.com

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