USA palomeará las candidaturas de Morena para el 2027

“Soberano es quien decide sobre el estado de excepción.”

Carl Schmitt

Trump no va a invadir México. Dejémonos de fantasías patrióticas y de la épica barata que tanto gusta en la 4T cuando necesita agitar banderas para no hablar de realidades incómodas que el régimen ha propiciado. No habrá marines desembarcando en Veracruz ni tanques cruzando el Río Bravo. Eso no está en el menú. Y es que no hace falta.

Lo que sí habrá —y ya está ocurriendo— es algo mucho más eficaz: presión política estructural bajo el disfraz de cooperación en seguridad. Y su consecuencia más delicada todavía no se discute con la seriedad que merece: las candidaturas de Morena para el 2027, particularmente las gubernaturas, no se decidirán exclusivamente en México.

No se trata de una intromisión burda. No habrá comunicados oficiales ni llamadas grabadas. Será más limpio. Más quirúrgico. Un palomeo silencioso.

La lógica es simple. Estados Unidos no está interesado en quién gobierna México por razones ideológicas, sino por razones funcionales. Quiere autoridades confiables, predecibles y, sobre todo, no infiltradas por el crimen organizado. Y cuando Washington habla de seguridad, no habla de discursos: habla de expedientes.

Las entregas masivas de capos al norte del Río Bravo no son gestos de buena voluntad ni ofrendas para evitar una invasión inexistente. Son piezas de una negociación mayor, pactada, solicitada y ejecutada sin chistar. México entrega. Estados Unidos evalúa. Y archiva.

Ese archivo no se queda en el ámbito judicial. Se volverá electoral.

Porque cuando un país tiene listas, historiales migratorios, información financiera, vínculos familiares, antecedentes penales y redes de relación de aspirantes al poder, ya no necesita imponer candidatos: puede vetarlos. Y en política, vetar equivale a decidir.

El 2027 será el primer gran laboratorio de este nuevo orden. Diecisiete estados cambiarán de gobernador. Trece de ellos hoy están en manos de la 4T. No es una elección menor: se juega el control territorial, los presupuestos estatales, las fiscalías, las policías locales y, por extensión, la gobernabilidad del país en la segunda mitad del sexenio.

En ese escenario, la pregunta no será quién es más leal a Morena, quién es más cercano a Palacio (a Tabasco, más bien) o quién tiene el respaldo del aparato partidista. La pregunta real será otra: ¿quién pasa el filtro de Washington?

Filtro que no aparece en los estatutos de Morena ni en los discursos de Luisa María Alcalde. Un filtro que no opera Andy ni Adán Augusto, ni siquiera —en muchos casos— la propia presidenta. Un filtro que exige visa vigente, historial limpio, ausencia de vínculos con el narco y, detalle no menor, prudencia retrospectiva en redes sociales.

No es que Trump vaya a “elegir” gobernadores mexicanos. Eso sería torpe. Va a definir quiénes NO pueden serlo. Y esa diferencia es crucial.

Paradójicamente, este esquema puede resultar funcional para Claudia Sheinbaum. Morena, como partido, no le obedece. Nunca le ha obedecido a nadie que no se llame Andrés Manuel López Obrador. El juego interno es de facciones, herencias, cuotas familiares y apuestas patrimoniales. El proyecto político ya fue sustituido por la administración del botín. Se los firmo.

En ese contexto, la presión externa puede convertirse en una herramienta de orden interno para y. No porque fortalezca la soberanía —todo lo contrario—, sino porque desactiva a los perfiles más tóxicos que le estorba a Sheinbaum, esos que confunden cargo público con escudo penal.

No es casual que ciertos aspirantes anden nerviosos. Que otros busquen embajadas. Que algunos más revisen viejas fotografías, publicaciones y amistades incómodas. El mensaje es claro: no basta con ganar una encuesta; hay que pasar una aduana política de los Estados Unidos.

Dicha nación no necesita gobernar México. Le basta con asegurarse de que no lo gobiernen quienes le resultan inaceptables. Esa es la nueva frontera. No territorial, sino institucional.

Así que no, no habrá invasión. Habrá algo peor para la narrativa de la 4T: una intervención invisible, eficaz y sin mártires.

En 2027, muchos descubrirán que no perdieron la candidatura en su partido o en Palacio, sino en un escritorio mucho más al norte. Y eso —aunque nadie quiera decirlo en voz alta— ya empezó.

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