¿Por qué no soy neoliberal?
REFUTACIONES POLÍTICAS
El neoliberalismo no es una teoría económica, es una ontología de la carencia humana. No organiza la producción para la vida, sino la vida para la producción. Su materia prima no son los bienes, sino la insatisfacción humana. No necesita sujetos plenos; necesita sujetos incompletos, permanentemente abiertos, siempre faltantes, ciegos. El consumo no es un accidente del sistema, es su confesión, su credo.
En “El mundo como voluntad y representación”, Schopenhauer mostró que la existencia está regida por una voluntad ciega, infinita e irracional, incapaz de colmarse. El neoliberalismo no desafía ese diagnóstico, lo convierte en método. Toma la voluntad, desnuda y voraz, y la traduce en mercado insaciable. La eleva a norma; así, la insatisfacción deja de ser una tragedia metafísica para transformarse en virtud social: desear sin descanso ya no es condena, es deber económico.
Consumir no satisface: agrava; cada objeto promete clausurar la falta y solo consigue profundizarla. El instante de la adquisición no es plenitud, sino alivio químico, un paréntesis mínimo antes de que la voluntad vuelva a exigir. Schopenhauer lo explicó con crudeza: toda satisfacción es negativa, simple interrupción momentánea del dolor. El neoliberalismo edifica su imperio sobre esa interrupción mínima, la comercializa, la dosifica, la hace adictiva.
El consumo es la forma moderna del sufrimiento organizado. Un mercado que no vende cosas sino la promesa de que esta vez sí será suficiente. Pero nunca lo es y nunca puede serlo: la insatisfacción no es una falla del sistema, es su producto más refinado.
El dinero deja de ser medio y se convierte en la abstracción perfecta de la voluntad. No representa algo concreto sino la posibilidad infinita de desear que no se sacia nunca. El individuo no trabaja para vivir; vive para alimentar esa abstracción que lo vacía.
Schopenhauer afirma que solo la suspensión de la voluntad —en el arte, el pensamiento o la compasión— permite un respiro frente al tormento. El neoliberalismo identifica ese respiro como una amenaza. Todo debe ser activado, monetizado, acelerado; incluso el descanso se convierte en mercancía.
Esta lógica coloniza la política. La democracia neoliberal se presenta como la viejecita de Hansel y Gretel: dulce, protectora y hospitalaria. Pero su casa está hecha de azúcar para atraer a la ingenuidad social. No busca ciudadanos, sino consumidores de participación. El voto es un caramelo: endulza mientras captura. La representación sustituye a la vida política real del mismo modo que el consumo sustituye a la experiencia auténtica. Se elige sin decidir, se participa sin gobernar. Como la bruja, el sistema engorda a sus huéspedes antes de devorarlos.
La competencia, exaltada como virtud suprema, es la forma social de esta insatisfacción absoluta. El otro no es semejante, ciudadano, es rival. La voluntad se enfrenta a sí misma en una guerra interminable.
Por eso no soy neoliberal. Porque no acepto un orden que convierte la miseria metafísica del ser humano en modelo económico. Porque no confundo libertad con compulsión ni deseo con destino. El neoliberalismo no quiere que vivas; quiere que desees. Y que nunca, jamás, sea suficiente.
Rubén Islas en X: @RubenIslas3 X