El costo enorme de la cultura de gandallismo en México

¿Qué significa gandalla?

El Diccionario de Mexicanismos registra gandalla como persona que aprovecha una situación en detrimento de otros.

Aunque no existe una definición única o universal en la academia, Carlos Montemayor, al estudiar los mexicanismos “gandalla” y “agandallar” ante la Academia Mexicana de la Lengua, apunta que el concepto es complejo y ha sido difícil de fijar: no basta con “listo” u “oportunista” sino que incluye prepotencia, abuso y falta de empatía.

El día de ayer, un destacado jurista planteaba que si existieran menos litigios y más acuerdos de justicia alternativa con acuerdos y convenios, el sistema podría ser más eficiente por el menor presupuesto exigido para el desahogo de conflictos. Aunque al inicio, la afirmación parecía una obviedad —pues menos usuarios de la justicia serían menos litigios y menos litigios implica ahorro para cualquier tribunal— menos litigios implican mayor capacidad para tomar acuerdos y cumplirlos. Ahí está el detalle.

En México, la cultura del gandallismo es una realidad. La gente ama prometer pero odia cumplir. El término gandalla se ha popularizado en el lenguaje común como aquella persona abusiva, prepotente o oportunista que busca sacar ventaja de cualquier circunstancia, y el gandallismo como ese comportamiento repetido que daña la convivencia social.

Podríamos entender al gandallismo como ser aprovechado, oportunista, identificar mínimas oportunidades de tener ventaja sobre otro y explotarlas, o bien, creerse superior a otros y maltratarles. Desde aquella falsa superioridad, el gandallismo implica una relación con otros en la que una parte abusa y otra parte es abusada.

No es un término meramente coloquial. El escritor Héctor Domínguez Ruvalcaba, en su libro “Gandallas: Las fuentes culturales de la violencia en México”, lo analiza como una categoría de análisis social que atraviesa la vida cotidiana mexicana y que normaliza el abuso, la falta de empatía y el aprovechamiento sobre otros. Ahí, aborda el fenómeno del gandallismo como una categoría cultural que atraviesa nuestra vida cotidiana y normaliza el abuso y la ventaja en las relaciones sociales. En su mirada, no se trata solo de actos individuales, sino de patrones culturales que reproducen violencia, desigualdad y prácticas abusivas.

Domínguez incluso plantea que los gandalla no son “otros” sino producto de una sociedad que reproduce estas prácticas desde la educación, la interacción social y las instituciones.

Va más allá del género. Existen mujeres que, aún perteneciendo a un grupo vulnerable, pueden ser gandallas. Algunas buscan explotar las consideraciones legales por la desventaja histórica que vivimos para tener privilegios.

El gandallismo cultural implica que existen personas más “chingonas” o “vivas” o “inteligentes” que otras; esas personas sabrán sacar ventajas de sus vínculos y esa ventaja puede ser injusta, entonces, son gandallas. Esta cultura tiene un costo terrible que dificulta resolver los conflictos por la buena lid. Aun cuando se logre firmar un convenio para que una demanda se frene, el incumplimiento irremediablemente hará que las partes vuelvan a un juzgado.

En el fondo, pareciera que existe una genética de superioridad que obliga a cualquier mexicano en ese sitio a sentir que en una transacción el es ganador, sea por tener control sobre el cumplimiento o por burlar la confianza. Lejos está la idea de que el ganar-ganar es lo mejor. Un ganar-ganar para cualquier mexicano es un ganar-perder y esa cultura genera una lesión presupuestal que implica la negativa de algunas partes para conformarse con el equilibrio. Esa necesidad de ganar les obliga a invertir en abogados y años de juicios; demostrar que la razón impera sobre el otro es también una retribución no económica. Ganarle a ALGUIEN. Lo observo diario en materia familiar y civil. A menudo, los agresores sienten que deben ganar a las mujeres en litigios, negarles recursos administrados por ellas pues perder aquel control financiero es impensable.

Entonces creo que CULTURALMENTE, la intención del abuso es una carga administrativa. Aun así, el choque cultural implica que para cada gandalla existe un bien intencionado que, antes del litigio, confió para establecer algún tipo de vínculo. Alguien que, bajo filosofías distintas, elige seguir confiando y que para el gandalla es merecedor del antónimo conceptual que es el “pendejo”. Tal vez un contrato de compraventa o de arrendamiento, un contrato de sociedad o un contrato matrimonial. El primer contrato siempre implica confianza plena y en sus incumplimientos puede mirarse el primer atisbo de gandallismo que será magnificado posteriormente.

Abusar dos veces implica un extraño triunfo del gandalla sobre el pendejo que volvió a confiar, pensando en esa palabra como sinónimo de ingenuo, confiado, menso o tonto. Alguien que no sabe. Alguien de quien se burlan, cuya ingenuidad merece la risa del entorno y principalmente, de quien comete el abuso. Alguien necio.

Entonces, la idea de aquel jurista es culturalmente difícil, si no es que imposible, de plano. Pues un convenio o medida de justicia alternativa no será más que una instancia adicional para ser gandalla, una firma que gana tiempo para alguien que piensa en cómo podrá incumplir o sacar ventaja de aquel acuerdo.

En unos días, viajaré a Países Bajos por un intercambio universitario para la estancia de investigación sobre temas de tecnología y derecho. He estudiado algo de su cultura y se dice que en aquel país, todos son frontales y se dicen verdades honestas que pueden parecer groseras pero que en el fondo son francas y no buscan sacar ventaja. Todos, hasta directores o CEOs frente estudiantes y trabajadores, se perciben como iguales. No existe la cultura del gandallismo porque esa cultura se basa en la igualdad franca. Todos son iguales, andan en bicicleta, resuelven asuntos y no quieren jugar a que alguien es más que alguien. Eligen la soledad y la paz.

Supuestamente, esa cultura del gandallismo es propia de América Latina. En Países Bajos, así como en Alemania, al mediocre se le dice mediocre sin ofender y no se contrata con quienes no hay suficiente confianza; eso hace que cosas básicas como buscar vivienda sea complicado, pero al encontrar una vinculación contractual no es usual que una parte busque ventajas indebidas. No son perfectos, simplemente tienen culturas distintas en las que los contratos tienen bastante peso, pues la expectativa es de cumplimiento.

En tanto que en México, mientras sea necesario que un juez o un fiscal obligue al cumplimiento de cualquier cosa a una persona, el sistema seguirá saturado y aquello también es parte de la cultura del gandallismo que implica incumplir hasta que alguien más fuerte no intervenga.

Nuestra cultura encarece el acceso a la justicia y es urgente hablar de eso; no tiene que ver con la educación. Los mejor educados son tan víctimas como los peor educados, unos por exceso de conocimiento y confianza y otros por exceso de ignorancia, pero cualquiera puede ser víctima de un gandalla y mientras eso no cambie, todo cuesta más.

En el fondo creo que algunos de los primeros gandallas fueron los españoles durante la conquista, quienes a sabiendas de la banalidad barata de un espejo, convencieron a mexicas de intercambiarlos por oro y otros metales según las leyendas. Pero no son los únicos. Entonces la pregunta es ¿Como abandonar la cultura del gandalla sin sentirse perdedor en el intento? Cuando hablamos de cultura jurídica, ¿quién gana realmente?

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