Buenos y malos

La historia, más en México, suele narrarse —de manera veraz o imaginaria— como un relato entre buenos y malos. Parte del éxito del curso populista fue construir un deslinde convincente en el que el PRI y el PAN representaban el mundo de los malos, el del régimen neoliberal: corrupción, despojo, violencia, autoritarismo y desigualdad deliberada. El obradorismo apareció como una opuesta y generosa invitación: la honestidad valiente, el gobierno para los pobres, bajo los principios rectores de no mentir, no robar y no traicionar.

Más allá de las palabras y de las intenciones, se hizo presente una redefinición del gasto público para privilegiar las transferencias monetarias directas a la población, lo que conformó una forma de complicidad social: no importa lo demás si el gobierno entrega dinero. En un país de beneficiarios y no de ciudadanos, el giro fue perfecto y hasta hoy prevalece; sin embargo, comienzan a aparecer fisuras que indican que el ciclo se ha agotado. La economía ya no alcanza; tampoco convence la narrativa de ser los buenos.

Una mirada al pasado, al momento en que se decidió dar un giro al régimen político, se hacen presentes dos personajes que ilustran las caras opuestas del priismo, contradictorias, distantes e irreconciliables: Jesús Reyes Heroles, artífice de la reforma política que abrió la representación a todas las fuerzas relevantes, y Carlos Sansores Pérez, gobernador de Campeche y dirigente del PRI, cacique dueño de vidas y haciendas, una versión tropicalizada del El Alazán Tostado, el general Gonzalo N. Santos, para quien la moral era un árbol que da moras.

A manera de actualización, Sansores encuentra su equivalente en su hija, la gobernadora de Campeche, Layda, quien parece emularlo y, al viejo uso, recurre a la siembra de droga a un rival político, el rector de la universidad, para llevarlo a la cárcel. Es difícil encontrar hoy una figura equiparable a Reyes Heroles porque, a diferencia del régimen priista —que daba espacio a políticos de talento y luces, como Porfirio Muñoz Ledo, antecesor de Carlos Sansores en el PRI—. No es que la caballada esté flaca, sino que el sometimiento a López Obrador impide cualquier despliegue propio. En un sentido ético o moral, Laura Itzel Castillo podría ser un ejemplo, sin la extraordinaria cultura política del veracruzano.

La referencia al pasado muestra que no todo estaba podrido: había de todo, lo muy malo y lo muy bueno. Así fue el pasado y por eso el régimen pudo evolucionar y adaptarse a nuevas exigencias, hasta que la misma dinámica social lo llevó al colapso en sus coordenadas fundamentales, proceso que quizá inició con la secuela de la “nacionalización” de la banca o con el asesinato de Luis Donaldo Colosio.

Más allá de la génesis, importa la realidad actual. El obradorismo llegó al poder no por las limitaciones, contradicciones e insuficiencias del régimen priista, sino por las de los gobiernos de la transición democrática. En cierto sentido, el obradorismo puede verse como un intento de regresar al pasado, de restablecer un régimen vertical, excluyente, clientelar y generoso en las intenciones, pero frívolo e irresponsable en el cultivo de esperanza; un intento de retorno al pasado, en las formas y en muchas de sus coordenadas —no en todas—, como el militarismo y la colusión con criminales, rasgos identitarios del obradorismo.

El gobierno de Layda Sansores y la defensa que de ella hace la presidenta Sheinbaum muestran que el régimen actual avanza con rapidez hacia la peor cara del PRI autoritario. No es el único caso: ahí están Salgado Macedonio en Guerrero, Cuauhtémoc Blanco en Morelos, Rubén Rocha en Sinaloa, Ramírez Bedolla en Michoacán, Rocío Nahle en Veracruz y muchos otros que remiten a Carlos Sansores Pérez, como si el tiempo no hubiera pasado en medio siglo.

Queda claro que la presidencia de López Obrador fue de transición y la de Sheinbaum, de consolidación. La Constitución se modifica a imagen y semejanza del nuevo régimen político y se destruye el edificio democrático que caracterizó a la República. El desafío hacia adelante es determinar si un esquema autoritario puede ser eficaz, independientemente del consenso logrado para mantenerse en el poder. Todo indica que la economía y el abuso en la política conspiran contra su reproducción indefinida. Ironías de la historia: lo que al PRI le tomó setenta años, al obradorismo le alcanzará, en el mejor de los casos, para una década.

No cabe más que decir que después de siete años, la épica obradorista derivó en drama, en una magnitud tal que apenas se empieza a avizorar, que ha despertado la cerrazón del régimen y encendido el preludio de la indignación social.

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