A veces veo a la presidentA Sheinbaum como solapreneurA

No sé si Terri Lonier, autora del libro Working Solo, fue la primera persona en utilizar el término solopreneur —acrónimo de solo y entrepreneur—. Pero ella popularizó tal neologismo a principios de la década de 1990.

Un solopreneur —en tiempo de mujeres deberíamos hablar también de la solapreneurA— es alguien profesionalmente independiente, esto es, que se dedica a los negocios sin contratar a nadie. Se ubica en un punto intermedio entre empresarios y empresarias tradicionales y el personal a sueldo en las empresas.

El término nace, en inglés, cuando profesionistas independientes empezaron a utilizar aparatos electrónicos —el fax y las primeras computadoras personales— para operar sin ayuda de gente empleada.

Seguramente hay varios sinónimos de solopreneur y solapreneura; hay uno que me gusta en particular: hombre orquesta —o mujer orquesta—.

El solopreneur y la solapreneura podrían en sus actividades con toda ética decir aquello de Luis XIV: L’État, c’est moi, adaptado desde luego a El negocio soy yo.

Aunque pueda ser admirable que una sola persona realice todas las funciones productivas y comerciales, no es aconsejable en organizaciones de tamaño más grande: estas requieren estructuras complejas para operar con éxito.

En tiempos de redes sociales hay destacados ejemplos desolopreneurs y solapreneuras capaces de competir, solo usando sus teléfonos celulares, con los gigantes mediáticos y con las principales agencias de publicidad. Pero su influencia tiene límites, lo que les obliga a crecer contratando gente para no morir.

La presidentA Claudia casi como solApreneurA

Hay casos, notabilísimos, de personas que dirigen enormes organizaciones —empresariales o gobiernos— que logran sus objetivos con muy poca ayuda de sus equipos de trabajo. Así veo, no pocas veces, a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum.

De la presidenta dependen numerosas secretarías y agencias públicas de todo tipo, pero da la impresión de que una mayoría de quienes cobran por estar al frente de las mismas se ha especializado en delegar para arriba.

El término original es reverse delegation y se convirtió en parte fundamental de la cultura empresarial después de un artículo de 1974 publicado en Harvard Business Review —“Management Time: Who’s Got the Monkey?”— de los expertos William Oncken Jr. y Donald L. Wass.

En una organización integrada solo por gente competente y capaz de tomar decisiones arriesgando el puesto, el jefe o la jefa delegan hacia abajo y las cosas se hacen.

Pero, con excesiva frecuencia, ocurre que subordinados y subordinadas, para no equivocarse, delegan hacia arriba: “Señora presidenta, han aparecido nuevos problemas y solo usted puede decidir; por eso pedí urgentemente esta audiencia”.

Si la presidenta se equivoca, será culpa de ella y no de quienes, abajo en la estructura del gobierno, jamás actúan para no ser responsables de nada.

¿Personas dispuestas a hacer la chamba arriesgando el puesto en el gabinete o en cargos del gobierno no necesariamente dependientes de la presidencia? No llegan a diez, según mi percepción que, por supuesto, podría no estar completamente informada: Omar García Harfuch, Rosa Icela Rodriguez, Juan Ramón de la Fuente, Roberto Velasco, Leticia Ramírez, Citlalli Hernández, Ernestina Godoy. Esto es lo que avisto desde acá, mucho muy lejos de Palacio Nacional, en mi casa, en la mesa de comedor en la que escribo estos artículos.

Admito que la idea de este artículo se me vino a la cabeza cuando me contaron lo que Marcelo Ebrard respondió al ser cuestionado acerca de su escaso protagonismo desde la crisis de Venezuela.

Con otras palabras, Ebrard dijo, según mis fuente que considero confiable: “No voy a dar demasiado la cara para no equivocarme. Cuando las aguas se tranquilicen volveré a aparecer fuertemente en el debate. Es la única manera de sobrevivir”.

Mañoso don Marcelo, el Rey Narciso de la política mexicana que no deja pasar ninguna oportunidad de estar bajo los reflectores. Es listo. Su lógica podría ser la de: “Que la presidenta supere como pueda el problema, yo me pongo pecho a tierra para evitar el daño que puedan causar las ondas de choque del intervencionismo de EEUU en Latinoamérica; por ningún motivo quiero arriesgarme a que Donald Trump me descalifique”.

Supongo que, en algún momento, la presidenta Sheinbaum se cansará de ser la solapreneura del gobierno mexicano, y entonces exigirá a quienes integran su equipo renunciar o, ya en serio, al fin enfrentar los problemas, tomar decisiones para intentar resolverlos y asumir las consecuencias si las cosas salen mal.

A la presidenta Sheinbaum le sobran energía y talento para hacer la chamba de quienes en el gabinete no se atreven a buscar salidas a los laberintos que en ocasiones son los proyectos de un gobierno. Lo hace muy bien y se nota. Claro está, lo haría mejor —o con menos cansancio, lo que es ganancia— si contara con más ayuda de quienes se suponen han sido contratados para decidir y resolver sin miedo al regaño o al despido.

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