Una borrachera de deuda para disfrazar la cruda fiscal

“Deuda que se camufla de desarrollo, pero que nadie explica ni dónde va a aterrizar.”

Analista financiero anónimo

“Nada más insostenible que endeudarse en todas las monedas posibles.”

El suscriptor promedio de la deuda mexicana

Es deuda. Hacienda anunció con bombos y platillos que México colocó bonos soberanos vinculados a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) por 4,750 millones de euros, en lo que describieron como una “operación exitosa” en un “contexto geopolítico complejo”.

Hacienda presume un “sólido apetito de inversionistas globales por los instrumentos emitidos por el gobierno de México”. Lo que no dice —porque sería casi pánico en Palacio Nacional— es si ese apetito es por fe ciega en la economía mexicana o si simplemente están seguros de que les pagarán no importa qué desastre político o fiscal se desate aquí abajo.

Llamen al instrumento como quieran: “bonos soberanos”, “financiamiento sostenible”, o la versión gourmet “emisión bajo la actualización del Marco de Referencia de Financiamiento Sostenible”; al final del día es deuda. Y esa deuda la terminamos pagando todos: desde el que factura y paga impuestos hasta el que nunca los paga, pero recibe derechos, servicios y subsidios que también hay que cubrir de algún lado.

De Reyes a la fecha hemos visto colocaciones que se cuentan en miles de millones de dólares. Por ejemplo, en enero el gobierno colocó bonos internacionales por unos 9,000 millones de dólares en tres tramos —primera gran emisión del año— para cubrir necesidades de financiamiento externo. Y ahora tenemos estos 4,750 millones de euros (aprox. 90,000 millones de pesos) que suenan glamurosos, pero que en conjunto con otras emisiones de deuda representan un monto gigantesco que se acumula sin que la ciudadanía tenga claridad en qué se gastará.

¿“Buena noticia”? Sí y no. Claro que desde el departamento de comunicación de Hacienda tratarán de pintar esto como una proeza técnica: se diversifican mercados, se adelantan financiamientos y se aprovecha la liquidez global. Y sí, hay un mercado para comprar deuda mexicana —que la demanda haya sido casi tres veces el monto emitido lo prueba— pero eso no convierte magia en pan.

Lo que no dicen con la misma elocuencia es lo que todos deberíamos preguntar:

• ¿En qué se va a gastar ese dinero exactamente?

• ¿Se usará para gasto corriente o para inversión productiva real?

• ¿Cuánto se va a destinar a Pemex, la empresa que sigue sin pagar a sus proveedores mientras recibe inyecciones fiscales absurdas?

De hecho, entre enero de 2019 y septiembre de 2025, el gobierno ha apoyado a Pemex con aproximadamente 1.76 billones de pesos en aportaciones, estímulos fiscales y otros apoyos. Eso equivale a unos 716 millones de pesos al día durante casi siete años. Si eso no es meterse un tiro en el pie fiscal, ¿qué lo es? La empresa sigue sin pagar a sus proveedores y, encima, nos preguntamos si parte de esa deuda nueva servirá para seguir tapando hoyos pasados.

Y la verdadera apuesta —y riesgo— está aquí. No es menor que ninguno de los instrumentos colocados recientemente sea en pesos mexicanos. Los capitales extranjeros quieren cobrar en su moneda —dólares o euros— y les damos exactamente eso. Les gusta el trato, y eso nos pone en una situación de dependencia de financiamiento externo aún más marcada.

Sí, Hacienda insiste en que esto no es gasto inmediato, sino financiamiento dentro del techo aprobado por el Congreso. Lo que omite es explicar el funesto destino de parte de ese financiamiento: Pemex. ¿Otra vez?

Mientras se siga usando deuda para ese fin, no solo tenemos deuda con el extranjero, sino también una deuda interna maquillada: lo que Pemex nunca le va a pagar al gobierno (y que este sigue inyectando). Eso es una deuda doblemente onerosa: externa e interna.

Hay una ironía final: los críticos del pasado —“neoliberales” según la narrativa oficial— nos advirtieron contra el endeudamiento irresponsable. ¿Y ahora qué? El mismo discurso que se utilizaba para señalar abusos del pasado se recicla para justificar más deuda. Criticar al neoliberalismo mientras se replica su manual de endeudamiento con un toque sostenible en la caja registradora.

Giro de la Perinola

No es deuda verde ni sostenible: es deuda.

La pagaremos.

Con nuestros impuestos.

Con nuestra paciencia.

Y muy probablemente, con nuestra frustración.

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