Gertz Manero y el precio de su silencio

“The most dangerous man is the one who knows and keeps quiet.”

Alexis de Tocqueville

“Corruption is not the abuse of power, but the system that protects it.”

James Buchanan

¿Qué poder conserva Alejandro Gertz Manero para que, aun cuando parecía políticamente amortizado, termine despachando desde una de las embajadas más importantes del mundo? No es carisma ni resultados ni prestigio. Es algo más peligroso: saber y callar. En los regímenes donde la corrupción no es una desviación sino un sistema de protección mutua, el silencio informado no se castiga: se cotiza. Por eso su llegada a Londres no sorprende; confirma que, en la 4T, quien conoce demasiado no cae, negocia.

Y entonces llegó el nombramiento.

Hubo quien dijo, con alivio fingido, que “no le dieron nada”. Error. No vale equivocarse. Esto no causa gracia. No es retiro ni premio ni exilio. Es algo mucho más preciso —y mucho más sórdido—: una transacción.

La embajada no es el cargo. Es el pago. Y nuestro cuerpo diplomático, el personal del servicio exterior mexicano, al igual que yo, lo han de saber bien y deben estar muy molestos con esta designación que ha hecho Sheinbaum.

Porque lo que Gertz Manero conserva no es prestigio ni autoridad moral. Conserva información. Un archivo vivo. El registro íntimo de cómo se torcieron expedientes, se fabricaron delitos, se protegieron lealtades y se administró la impunidad durante años. Todo a nombre y a favor de la 4t.

Así, el poder no lo abandonó: se sentó a negociar con él.

Pagar el silencio con una embajada.

Y repito, no con cualquiera.

Reino Unido no es ya el imperio de antaño, cierto. No compite con Washington, Moscú o Pekín, también es cierto. Pero ser acreditado ante la Corte de St James’s, ser recibido por el rey, participar en el circuito político-diplomático que articula la Foreign Office, sigue siendo el punto más alto al que aspira un diplomático de carrera en cualquier país serio.

Por eso insistir en que “no es premio” resulta casi insultante para la inteligencia del tan cacareado “pueblo”. No es premio: es moneda de cambio. La información pesa. Y en este caso, pesa lo suficiente como para garantizar una salida elegante, blindada y lejos del ruido.

Porque no hablamos de rumores, sino de conocimiento directo: trapacerías, corruptelas, favores cruzados, expedientes dormidos, secretos inconfesables que involucran a más de uno dentro del régimen. Saber demasiado sigue siendo una forma muy eficaz de poder.

¿Lo recibirá el rey? Formalmente, el monarca no decide: actúa por consejo del gobierno británico. Y sí, ha habido casos —pocos, muy contados— en los que el Reino Unido ha utilizado el ritual diplomático para enviar mensajes políticos. Pero no nos hagamos ilusiones: la incomodidad la cargamos nosotros, no los ingleses.

Alejandro Gertz Manero llegará a Londres con un currículum difícil de igualar: investigador del SNI sin serlo; libros “propios” con aroma persistente a plagio; persecución penal contra más de treinta académicos; encarcelamientos injustificados —Alejandra Cuevas es solo el caso más visible—; delitos inventados fuera del Código Penal; uso patrimonialista de recursos públicos; encubrimientos emblemáticos; y una Fiscalía que miró hacia otro lado frente a la violencia, las desapariciones y la corrupción estructural de la 4t.

No es premio, dicen. Pero el mensaje es inequívoco: en Regeneración Nacional, el expediente correcto no es el limpio, sino el útil.

¿Cuánta información tiene Gertz Manero para que el precio sea la embajada en Reino Unido? ¿De cuántos personajes del régimen —y de sus familias— conoce demasiado? No lo sé. Nadie lo sabe. Pero sí sabemos algo: resultó más barato enviarlo lejos que arriesgarse a escucharlo hablar.

Giro de la Perinola

Si algo ha demostrado este régimen es que siempre se puede estar peor. Este caso lo confirma. Después de Josefa González Blanco —la embajadora que hablaba con los aluxes y detenía aviones— cualquiera pensaría que ya se había tocado fondo en Londres. Error.

No subestimemos la capacidad del régimen para degradar aún más la representación del Estado. Cuando el silencio vale una embajada, la diplomacia deja de ser política exterior y se convierte en una simple póliza de seguro.

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