El listado de Rubio. México en el espejo de Venezuela
“El poder no consiste en golpear fuerte o a menudo, sino en saber a quién y cuándo.”
Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio
“La memoria es una forma de justicia.”
Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido
Bienvenidos al listado más interesante —y más opaco— del momento. No es público, no es oficial y, sin embargo, organiza silenciosamente conductas, silencios y lealtades. Un listado que, según múltiples indicios, estaría conformado por políticos, empresarios y presuntos criminales vinculados a varios países latinoamericanos (la región del planeta más convulsa de estos tiempos), entre ellos Venezuela y México. Un inventario informal de “indeseables”, cuyo valor no radica tanto en su existencia comprobable, sino en el efecto disciplinador que produce la mera posibilidad de que exista.
El nombre que se repite como supuesto custodio de ese listado es el de Marco Rubio, hoy secretario de Estado de Estados Unidos. O, para ser más precisos, el de la administración Trump que lo respalda. Y lo interesante no es quiénes estarían en esa lista —eso solo se puede conjeturar— sino quiénes actúan como si la conocieran.
En Venezuela, Delcy Rodríguez. En México, Claudia Sheinbaum.
No se trata de afirmar subordinaciones automáticas ni obediencias explícitas. Se trata de observar comportamientos políticos que sugieren un mismo guion: contener, administrar, dosificar. Controlar a las fieras heredadas que habitan los regímenes que estas dos mujeres comandan. En un caso, las del chavismo tardío; en el otro, las de la 4T pos-AMLO.
¿Quiénes podrían figurar en ese inventario? La especulación es abundante y peligrosa, por lo que conviene plantearla solo como rumor político persistente: figuras del oficialismo mexicano, familiares incómodos, amistades inconvenientes, nuevos ricos inexplicables, operadores territoriales con fama criminal, y sí, gobernadores señalados una y otra vez en reportes periodísticos y expedientes extranjeros. Del otro lado, nombres venezolanos largamente mencionados por agencias internacionales, investigaciones judiciales y organismos antidrogas.
La diferencia entre ambos países no estaría tanto en los nombres, sino en la fase del proceso. En Venezuela, cabe la posibilidad —sin que exista confirmación alguna al momento (“Maduro ya pactó; adiós Maduro”, El Heraldo de México; noviembre de 2025)– que se habría pactado una salida controlada: una entrega selectiva, quirúrgica, que deja intacta la estructura operativa mientras sacrifica piezas específicas, entre ellas al propio Nicolás Maduro. De ahí que Delcy Rodríguez conserve margen de maniobra: conoce el terreno, conoce a los actores y, sobre todo, conoce los términos del juego.
En México, en cambio, no se ha producido ninguna “entrega” de alto perfil (capturas, sí). Lo que hay más por ahora es contención. Administración del riesgo. Un equilibrio frágil en el que la presidenta Sheinbaum debe gobernar con actores que no necesariamente le responden, pero sobre los cuales recaería la sospecha de estar bajo observación internacional.
Por eso Claudia Sheinbaum no juega a la ruptura, sino al control. No actúa como jefa de una purga, sino como administradora de una tregua incómoda. ¿Mensajera? Tal vez. ¿Intermediaria? Posiblemente. ¿Vicepresidenta de facto en un esquema de poder transnacional? Es una metáfora, pero una metáfora que ayuda a entender el momento.
Las preguntas, inevitablemente, se acumulan:
¿Hasta dónde llegan las exigencias de Washington?
¿Se pidieron nombres concretos?
¿Se sugirieron sacrificios simbólicos?
¿Algunas destituciones recientes responden a esa lógica?
No hay respuestas públicas. Solo movimientos.
En Venezuela, Delcy Rodríguez parece haber entendido que, descabezado el líder, el reto es controlar al resto. En México, la pregunta abierta es si Claudia Sheinbaum puede —o la están dejando— hacer lo mismo. Porque los sospechosos “narcogobernadores” no parecen dispuestos a facilitarle la tarea. Al contrario: erosionan, desafían, estiran la cuerda.
Y ahí está el riesgo. No para la presidenta, sino para ellos.
Porque si algo enseña la política comparada —lo sé, la he estudiando 35 años de mi vida— es que la arrogancia suele ser más peligrosa que la culpa. Mientras se mantenga la ficción del control, las piezas permanecen en su sitio. Pero cuando los actores empiezan a desafiar a quien administra la contención, otros desde fuera son los que deciden mover el tablero.
La amenaza —si existe— no necesita anunciarse. Basta con que todos crean en ella.
Giro de la Perinola
1. Ya lo sabíamos, pero conviene decirlo en voz alta: la Doctrina Monroe mutó. Hoy es la Donroe Doctrine. América ya no es “para los americanos”, sino para Donald. Las bravatas sobre posibles intervenciones —reales o retóricas— incluyen a México, Colombia, Cuba… y hasta Groenlandia. No es política exterior: es demostración de fuerza narrativa.
2. Fernández Noroña solía pasar el invierno en Nueva York. Este año eligió Italia. ¿Cambio de gustos? ¿Precaución diplomática? ¿Visa en pausa? No lo sabemos. Pero en tiempos de listados invisibles, hasta los itinerarios personales se vuelven mensajes. Que algún buen reportero lo investigue. En política, la sospecha también viaja.