Cuando el autoritarismo cae… Después de haber ganado demasiado tiempo
Durante años se repitió una idea cómoda: que las dictaduras caen cuando se aíslan. Venezuela no solo la desmintió durante décadas; obligó al mundo a observar cómo un régimen autoritario podía resistir sanciones, absorber golpes y sobrevivir a presiones que parecían definitivas, siempre que la comunidad internacional concluyera que enfrentarlo resultaba incómodo, costoso o políticamente inconveniente.
La caída y detención de Nicolás Maduro fueron presentadas como el punto de quiebre largamente esperado. Y lo fueron. Pero no en el sentido triunfal que algunos intentan vender. No como una victoria moral del orden internacional, sino como la confirmación tardía de un fracaso prolongado.
Maduro cayó, sí. Pero cayó después de haber demostrado todo lo que una dictadura puede hacer cuando se le concede tiempo.
Ante la Corte de Nueva York, este lunes 5 de enero, el hombre que durante años concentró el poder en Venezuela pronunció una frase conocida, casi predecible en la liturgia de los autócratas acorralados: “Soy inocente. No soy culpable. Soy un hombre decente”. Lo dijo al declararse inocente de los cuatro cargos que enfrenta. No hubo autocrítica, no hubo reconocimiento del desastre, no hubo una sola palabra para el país que dejó atrás. Solo la reafirmación de una narrativa personal que se sostuvo incluso cuando el Estado que encabezó se desmoronaba.
Esa escena judicial no marca el cierre de una era. Marca el contraste brutal entre la retórica del poder y las ruinas que deja.
El dato central no debe maquillarse: la detención del líder no borra el hecho de que el sistema autoritario venezolano operó durante años con márgenes amplísimos de tolerancia externa. La caída no fue producto de una presión coherente y sostenida, sino del desgaste interno, de fracturas inevitables y de un colapso acumulado que ya había devastado al país.
Cuando el régimen finalmente cedió, Venezuela ya estaba exhausta.
La rapidez con la que se produjo la recomposición inicial tras la detención —el intento de continuidad, las maniobras legales de emergencia, la activación automática de redes de protección— confirmó algo que hoy resulta incómodo admitir: el autoritarismo venezolano no dependía solo de Maduro. Él era el rostro, no el andamiaje. La arquitectura del poder fue diseñada para sobrevivirle.
Eso explica por qué la caída del líder no equivale, automáticamente, a la restauración de la democracia.
El chavismo no improvisó su permanencia. Construyó durante años un sistema donde la legalidad fue vaciada sin ser abolida, donde las elecciones se degradaron sin desaparecer y donde las instituciones siguieron existiendo como escenografía. No cerró el Congreso: lo inutilizó. No eliminó al Poder Judicial: lo subordinó. No prohibió a la oposición: la administró.
Ese modelo dejó huellas profundas que no se borran con una detención.
Las sanciones internacionales, celebradas hoy como parte del desenlace, deben revisarse con honestidad. No tumbaron al régimen en su momento. Lo forzaron a adaptarse. A profesionalizar la corrupción, a sofisticar el contrabando y a desvincularse por completo de cualquier aspiración de legitimidad democrática. El castigo llegó tarde y mal calibrado.
Las sanciones no evitaron el daño.
Permitieron que el daño se normalizara.
Ahora, con Maduro ya fuera del poder, comienzan a activarse medidas que durante años parecieron políticamente imposibles. El gobierno de Suiza informó que los bancos de ese país congelaron de forma inmediata los fondos vinculados a Nicolás Maduro y a sus allegados, por un periodo inicial de cuatro años. Es una decisión contundente, pero también reveladora: el cerco financiero efectivo llegó cuando el régimen ya había colapsado.
El dinero se congela cuando el poder se pierde.
No cuando el poder oprime.
A ello se sumó durante años la ambigüedad estratégica de Occidente. Estados Unidos y Europa nunca resolvieron si buscaban una transición real o simplemente administrar el problema venezolano para evitar un estallido regional. El discurso duro convivió con negociaciones discretas, licencias energéticas, concesiones tácticas y líneas rojas que se movían según la coyuntura.
El mensaje fue claro durante demasiado tiempo: la dictadura era indeseable, pero tolerable.
Rusia, China e Irán lo entendieron mejor que nadie. No respaldaron a Maduro por afinidad ideológica, sino por conveniencia estratégica. Venezuela fue un activo geopolítico, una ficha de presión, una plataforma para incomodar a Washington en su propio hemisferio. Y mientras fue útil, fue sostenida.
La guerra en Ucrania terminó de exhibir la contradicción. La urgencia energética llevó a negociar con Caracas sin exigir reformas estructurales, sin elecciones verificables y sin compromisos reales en derechos humanos. El petróleo volvió a pesar más que los principios.
Cuando finalmente el régimen colapsó, el costo ya era inmenso.
Millones de venezolanos habían huido. El tejido social estaba roto. Las instituciones eran sombras. Las economías regionales cargaban con una migración masiva que no fue consecuencia de la caída del régimen, sino de su prolongada supervivencia. El crimen organizado había encontrado terreno fértil en un Estado demolido.
La caída de Maduro no es el final de la tragedia.
Es el inicio de una reconstrucción brutalmente compleja.
Y deja una lección que el mundo no puede volver a ignorar: las dictaduras no solo hacen daño por lo que son, sino por el tiempo que se les permite serlo. Cada año de tolerancia internacional no fue neutral; fue una inversión en destrucción.
Cuando el autoritarismo descubre que el castigo puede esperar, avanza.
Cuando descubre que puede negociar su permanencia, se consolida.
Y cuando finalmente cae, lo hace dejando países rotos y sociedades exhaustas.
Por eso Venezuela ya no es solo la historia de una dictadura que cayó.
Es la evidencia de lo que ocurre cuando el orden internacional decide actuar… Demasiado tarde.
Y esa derrota, aunque hoy se celebre una detención y se congelen cuentas, sigue siendo colectiva.
X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinión.salcosga23@gmail.com