Los poetas todavía se suicidan
Un impacto es el suicidio sobre los que quedan vivos. El de un poeta o un verdadero artista, nos produce una abrumadora desolación. Y también acaso una vergüenza ineludible: la de estar vivos todavía. A menos que se haya respondido convenientemente la pregunta esencial propuesta por Camus, ¿vale la vida o no la pena de vivirse?
Cuando a los 24 años ingirió Manuel Acuña el cianuro de potasio, produjo su muerte un estremecimiento brutal entre el círculo de las letras. Y la autoaniquilación no fue a causa de Rosario, como se dice y se cree, lo ha confirmado su amigo, el poeta Juan de Dios Peza: “Acuña fue víctima del hastío, de la nostalgia moral, de esa enfermedad sin nombre que marchita las flores del alma cuando apenas están en capullo”: aquí he escrito sobre la muerte de Acuña.
Y una valentía y un pesar, son algunos suicidios. Distinto al que se ejecuta por desesperación o enfermedad, la claridad del suicida que va aun contra la natural biológica propulsión de vida, adquiere el intenso tono brillante de la conciencia.
Jorge Cuesta se colgó de unas sábanas a los 38 años en un supuesto acto de locura y en segundo intento. Jaime Torres Bodet, de la misma generación literaria, se dio un tiro, en una muerte a plena conciencia. El caso de José Asunción Silva, sorprende.
El poeta poco conocido aún, Marco Fonz, acaba de colgarse entre el 22 y 23 de enero (en la intersección de la noche y la aurora, quizá), en Viña del Mar, Chile, a los 48 años; todo indica que con plena conciencia. Poco antes, había visitado la tumba de la poeta suicida Alejandra Pizarnik.
Conocido más bien entre el círculo de su generación, la muerte acaso le dé el impulso de la “celebridad”; una lectura breve de su poesía habla de esa muerte como una constante.
Según las notas periodísticas, llevaba un año de gira por Sudamérica empezando por Ecuador buscando llegar a la Argentina. Chile fue la estación final. Allí presentó el 12 de enero, Infrarrealistas/Poetas, antología de una veintena de estos comentada por él mismo. Y el 19, en el Microfestival de Poesía Latinoamericana de Viña del Mar, leyó su “Estudio nº 1 de cráneo con cabellera”.
El más célebre de esa generación que trató de romper con el stablishment literario de mediados de los setenta en México (y ya lo ha logrado), es Roberto Bolaño, chileno muerto prematuramente a los 50 años a causa del hígado. Y su cercano amigo, Mario Santiago Papasquiaro (“Si he de vivir que sea sin timón y en el delirio”; frase que le fue atribuida por Bolaño), con una actitud suicida, fue arrollado una madrugada en las calles de la ciudad de México a los 44 años.
Un poemario reciente de Fonz, Kocyzs (deja 4 inéditos, dicen las notas), imagina un diálogo entre Jorge Ibargüengoitia y Manuel Scorza en el último minuto antes del avionazo de Barajas en 1983. Ahí murieron también Ángel Rama y su esposa Marta Traba, críticos y teóricos de la literatura latinoamericana; asimismo, la pianista Rosa Sabater.
Una revisión de los días finales de su cuenta de Facebook (cuya foto terminal de portada es un autorretrato de Francisco Goitia, quien pintó Los ahorcados) expresa al poeta en una dinámica que va de las referencias a los compromisos profesionales y los comentarios amables, a lo taciturno. Al parecer, incluso, encuentra un nuevo amor; y lo registra.
¿En qué instante decide la muerte? Misterio. Las notas refieren a una amiga que declara haberle escuchado, hacía pocos días, la idea de quitarse la vida. Desde Ecuador, sin embargo, el 3 de octubre de 2013 bromea y anota que regresará a México después de llegar a La Patagonia. En realidad, es prolífico, tiene proyectos, invitaciones, reconocimiento, “carrera” ascendente…
Y sin embargo, el 22 de enero, una línea: “Que al final estoy tan solo como un verso”; y luego dos canciones:
“Esta como mi última canción: VIVA MÉXICO CABRONES Y TODO DESDE LA POETADA VIDA.”. Se trata de la melancólica “Borrachita de tequila”, cantada por Lucha Reyes:
Pero agrega una más como verdadera última (al menos, así expresada incluso con un pequeño descuido ortográfico):
“Y esta será mi última canción”. Doliente, melancólica, desoladora, “Yo ya me voy a morir a los desiertos”. Es el canto cardenche del norte de México (Cardencheros Coahuiltecas de la Laguna), bucólico, a varias voces y a capella acompañado con imágenes también desoladoras del Ejido Providencia, de Galeana, Nuevo León; paradójico, cuando Fonz vivió 20 años en la antípoda: en Chiapas.
¿Curioso?, dentro de la antología presentada en Chile, Roberto Bolaño, el más célebre de la generación infrarrealista, el novelista-poeta que combatió el stablishment mexicano de la literatura (objetivo compartido por Fonz) valoró a pocos poetas mexicanos mayores, al que más, a José Emilio Pacheco, quien muere el 26 de enero de 2014 a los 74 años. Y Fonz se cuelga días antes en Chile, la tierra de Bolaño. Hay un vínculo entre los tres poetas.
La poesía de Marco Fonz estaba hecha ya; tal vez había expresado todo lo que quería. La muerte extiende y aviva su lectura. Como conclusión, no añadiré un poema suyo, sino su última canción desde “la poetada vida”, como solía decir o anotar: ha desaparecido la canción de la web.
“Hombres de mi edad… en este valle de caca”:
Un mes exactamente antes de proporcionarse la muerte –ahorcándose el 22 de enero de 2014 en el pasillo de una casa que ocupaba en Viña del Mar, Chile–, el 22 de diciembre, durante la Feria de Editores de Corredor Sur en el Club Cultural Matienzo de Almagro, en Buenos Aires, Marco Fonz lee-interpreta, el “Manifiesto nº 1 a los hombres de mi edad”. Texto abrasivo, virulento, cáustico, pesimista, brillante; interpretación viva de una “pequeña biografía de hombres desconocidos”:
Texto publicado originalmente el enero de 2014 como “Marco Fonz; los poetas todavía se suicidan”.
}Héctor Palacio en X: @NietzscheAristo