El legado ya rueda en la cancha regia

Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León se preparan para el Mundial 2026 con eventos, exposiciones y torneos que buscan encender el ánimo de la afición, sin embargo vale la pena señalar que hay una diferencia sustancial entre la fiesta y la estrategia. No se trata de quién organiza más “mundialitos” ni quién llena más plazas públicas con banderas o trofeos inflables, sino de quién transforma ese entusiasmo en política pública real. Y ahí, Nuevo León lleva ventaja. No por competencia, sino por convicción.

Recientemente la Conade anunció una red nacional de 74 “mundialitos” para promover la activación física en todo el país, el mensaje fue bien recibido poniendo al futbol como un vehículo de cohesión social. Pero esa idea no nació en una oficina federal, su origen está en el norte, en un modelo que ya venía ejecutándose con el plan “Ponte Nuevo, Ponte Mundial”, una estrategia que trabaja por convertir la emoción deportiva en política y obra pública.

La iniciativa comenzó rehabilitando los espacios donde surgen los verdaderos talentos. Exacto, en las escuelas. Antes del anuncio nacional, Nuevo León ya acumulaba 340 canchas escolares rehabilitadas, desde los metropolitanos Monterrey y San Nicolás hasta municipios rurales como Aramberri, Doctor Arroyo, Hualahuises y Lampazos. No son canchas de exhibición —ni adornos para la foto—, son espacios donde niñas, niños y adolescentes juegan, compiten y aprenden a ganar —y a perder— en comunidad.

Para diciembre de 2025 se habrán sumado 46 canchas más, beneficiando a más de 66 mil estudiantes. Y ahí está la diferencia. No es una política pensada para durar lo que dura un evento, sino una inversión que transforma hábitos, entornos y oportunidades. El Mundial pasará. Los reflectores internacionales se apagarán, los estadios volverán a su rutina y los turistas se irán. Pero las canchas escolares quedarán. Y en ellas seguirá latiendo la idea de que el deporte no es sólo espectáculo, sino política pública con visión social.

En un país donde muchas veces el legado se confunde con la foto, Nuevo León está dejando nuevamente una huella tangible. La infraestructura deportiva es también infraestructura educativa, emocional y comunitaria. Es seguridad, es salud y es convivencia. Es una apuesta que entiende que el futuro no se juega en los estadios, sino en los recreos, brindando a los más jóvenes alternativas de recreación y convivencia.

No se trata de competir con otras sedes, o menospreciar el esfuerzo federal, tampoco de buscar reconocimiento. Se trata de señalar que el impulso del Mundial puede ser un punto de partida y no una meta. Porque mientras algunos organizan la celebración, otros están construyendo las condiciones para que esa energía se convierta en política pública permanente. En Nuevo León, el legado del Mundial ya comenzó. Y rueda todos los días, en cada balón que rebota en el patio de una escuela.

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