El primer año de trabajo y la nueva ética de gobernar (2ª parte)
En el primer año de gobierno la presidenta Claudia Sheinbaum, nos da más ejemplos de lo que debería ser una nueva ética de gobernar.
La congruencia entre el pensar, el decir y el hacer, es una gran virtud de la presidenta y el impulso que trasmite a su equipo de trabajo se reconoce; nos da la posibilidad de entender y creer que es posible una ética distinta en el ejercicio del poder político.
¿Qué tiene que haber en nuestro pensamiento, en nuestras conciencias, para ser congruentes, para dirigirnos al pueblo de una manera íntegra?
Todas y todos tenemos una conciencia cargada de valores, juicios y prejuicios sobre nuestro comportamiento y el de los demás; y es a partir de estas ideas preconcebidas como nos relacionamos con nuestros semejantes, con la persona que tenemos frente a nosotros cuando debemos atender su demanda, sus peticiones y gestiones de servicios públicos o realizar algún trámite o solicitud.
Hay actitudes que no podremos cambiar con facilidad aunque queramos y que, en gran medida, determinan nuestra forma de ser y enmarcan nuestra personalidad y carácter; y también hay acciones, ideas y pensamientos que no queremos modificar porque tienen una importancia personal; esas ideas, pensamientos y juicios tienen que ver con nuestra historia religiosa, familiar, cultural; y constituyen nuestra moral.
Esa moral, que a veces puede ser compartida con nuestro círculo social, es la que debemos mantener en el ámbito privado, en un círculo íntimo, es la que no debemos anteponer como semblante de servidores públicos.
Para entender la ética del gobernante y servidor público, debemos buscar en los principios de colectividad, solidaridad y empatía. El deber ser como funcionarios de un gobierno de izquierda, nuestra praxis pública.
Hay que buscar en lo que aprendimos, en lo que cotidianamente conocemos y en nuestros principios de izquierda valores como libertad, igualdad, pluralidad.
Nuestros hábitos personales hay que diferenciarlos de nuestros hábitos sociales; estos deben ser congruentes con nuestra manera de ejercer el poder público: llegar temprano, no inventar excusas o pretextos que alarguen los trámites de manera innecesaria, no hacer esperar inútilmente a quien va a presentarnos una demanda social, ser amables en el trato, demostrar horizontalidad desde el lenguaje, etcétera.
Es decir: tener claro el tránsito entre el ser individual, personal, privado incluso, y el deber ser del funcionario representante de un gobierno de izquierda, de un gobierno democrático.
Asistir a una comunidad, entregar apoyos gubernamentales o dar el banderazo a alguna obra pública municipal, no es motivo para menciones especiales o reconocimientos sociales, todo es estrictamente el ejercicio de las funciones para las que personas fueron electas o designadas, y por las que reciben un salario.
La necesidad de reconocimientos, de estímulos o de premios especiales, quizá caben en la iniciativa privada, pero no en el ámbito público estatal democrático.
Las personas servidoras públicas se deben a la voluntad de las mujeres y hombres que decidieron quién ejercería esas funciones; por ello deben poseer una voluntad más allá de sus necesidades y aspiraciones personales, su voluntad debe estar comprometida con su función: gobernar eficientemente, y su ética debe normarse por el deber ser público.
Lo personal se queda en casa.