Banalidad imperialista

A tres años del inicio de la invasión rusa, Ucrania enfrenta el que quizá sea su reto más grande. No se trata sólo del desgaste de la guerra o de la incertidumbre sobre la continuidad del apoyo occidental, sino de la amenaza de una paz impuesta en la que Kiev no tiene voz ni voto. Las declaraciones de Trump y su equipo no dejan lugar a dudas: Ucrania debería resignarse a perder territorio y renunciar a sus aspiraciones de adhesión a la OTAN a cambio de una tregua.

Para Zelenski y su gobierno, ésta no es una opción; ya que la posibilidad de aceptar un acuerdo que no garantice la plena recuperación del territorio ocupado es, a ojos de muchos ucranianos, una traición. La indignación en Kiev es palpable, mientras que en Washington la negociación sigue su curso con un pragmatismo que raya en la frialdad.

Sin embargo, más allá del terreno diplomático, el precio de la paz también tiene una dimensión económica. En las negociaciones con Estados Unidos ha surgido la posibilidad de que Ucrania ceda parte de sus yacimientos minerales, cuyo valor supera los 14 billones de dólares, como garantía de un acuerdo que garantice el respaldo de Washington; una idea que, en el fondo, refuerza la percepción de que, para algunos, la soberanía y el futuro de Ucrania tienen un precio negociable.

Mientras tanto, en el frente interno, la frustración crece. La posibilidad de una paz impuesta podría derivar en un nuevo conflicto civil dentro de Ucrania. Como advierten analistas y políticos en Kiev, una generación de combatientes podría volver del frente sintiéndose traicionada, dispuesta a cuestionar la legitimidad del gobierno. En el peor de los escenarios, Ucrania podría enfrentar no sólo la fragmentación territorial, sino también la inestabilidad interna.

No obstante, el pragmatismo imperialista de Trump –donde el progreso está al alcance de una ‘visa dorada’– no se detiene en Europa. Su más reciente propuesta para la Franja de Gaza revela la misma lógica: la paz y la prosperidad están a la venta. Cabe tan sólo recordar su video difundido en sus redes, donde muestra una Gaza transformada en un paraíso turístico, construido sobre las ruinas de una población desplazada.

Frente a ello, es claro que Trump entiende la política exterior como un negocio. En Ucrania, la paz se negocia con territorio y minerales estratégicos; en Gaza, con la tierra misma y la expulsión de su población. En ambos casos, la soberanía y los derechos de las naciones son secundarios frente a la lógica de la transacción. Lo preocupante es que esta visión encuentre eco en ciertos sectores de Occidente, donde la fatiga por los conflictos prolongados se traduzca en una aceptación tácita de propuestas, sin importar sus implicaciones morales o estratégicas.

Ante este contexto, no cabe duda que el desenlace de estas negociaciones marcará un precedente en la historia, donde lo que está en juego no es sólo la resolución de los conflictos actuales, sino la manera en que la comunidad internacional percibe y valora los principios fundamentales que sustentan la paz y la justicia.

 

Consultor y profesor universitario

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