La penumbra atroz del fascismo y el camino inteligente que debe seguir México

Lo que los fascistas odian por encima de todo es la inteligencia, Miguel de Unamuno

Ante el demencial propósito de apropiarse del hemisferio occidental del mundo, las potenciales occidentales y otras emergentes reaccionan y le ponen un alto a Trump. Este lunes las hordas fascistas y sus pregoneros – en la que, por desgracia, se encuentran algunos mexicanos – mostraban entusiasmo por los resultados de las elecciones generales de Alemania. Hacían especial énfasis en el avance del partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), sin considerar que ese país cuenta con un robusto sistema parlamentario y que, por la suma de los votos recibidos, la centroizquierda y la izquierda van a jugar un papel relevante en las decisiones que tome el próximo gobierno alemán.

En su obnubilación también creían que el candidato de los partidos democristianos, Friedrich Merz, era afín a los ideales expansionistas y supremacistas de Trump. Más pronto de lo que pensaban se llevaron un gran chasco. El plan del nuevo canciller es conformar un gobierno de coalición con los socialdemócratas y su declaración dejó helados a los delirantes trumpistas:

“Mi prioridad absoluta es reforzar a Europa tan rápido como sea posible para que, paso a paso, alcancemos la independencia de Estados Unidos”.

Muchos pasos riesgosos ha tomado el energúmeno presidente de Estados Unidos, nada más ridículo que ponerse al servicio de Vladímir Putin para darle solución al conflicto Rusia-Ucrania. El colmillo retorcido del presidente ruso es enorme: la diplomacia indica que ya ganó y que mantendrá su alianza estratégica con China y con otros países emergentes. Está en la posición de ganar, ganar.

Esto ha decepcionado a los mandatarios europeos, el presidente francés Emmanuel Macron le puso en claro a Trump que la paz no podía pasar por una capitulación de Ucrania ante Rusia. El burdo pragmatismo de Trump sólo ha expuesto más a una Europa cada vez más frágil. Además, le dio la espalda al presidente ucraniano Volodimir Zelenski, que parecía ser el aliado que más podría someterse a sus intereses.

Todo lo que hace Trump es intuitivo. El nuevo fascismo que padece el mundo, de la que es el líder más importante y visible, es anacrónico y vulgar: revive con su verborrea expansionista los episodios lamentables de la primera mitad del siglo XX y su estrategia denota escasa inteligencia para alcanzar sus nefastos propósitos; lo cual – hay que decirlo – es muy afortunado. No existe en él una ideología sustentada en una mínima lectura política (por muy negativa que esta fuera), sólo la vana idolatría que otorga el poder del dinero.

Se equivocan quienes precipitadamente afirman que Estados Unidos va a humillar a China. El nuevo contexto internacional indica que el hemisferio oriental del mundo es tan o más poderoso y que es capaz de sobreponerse a cualquier guerra comercial. China es ahora un líder tecnológico, además de ser el principal proveedor de mercancías en el mundo y un eslabón indispensable en las cadenas de valor. Aun cuando los números difieren, se estima que la población china con ingresos intermedios suma más de 400 millones de personas y que cada año se incorporan 50 millones más; es decir, tiene un mercado vasto y con un crecimiento sorprendente. La importancia que tiene el mercado interno es notoria: sus consumidores actuales y potenciales rebasan por mucho a la población total de Estados Unidos, de alrededor de 340 millones de habitantes. El mundo necesita más de China que China del mundo.

Los gobiernos de las dos principales potencias de Latinoamérica, Brasil y México se encuentran en el ojo del huracán de los planteamientos trumpistas. Debe decirse que los dos países aportan el 57% del PIB de la región y el 7.3% del PIB mundial. El país sudamericano fue cofundador de los BRICS y mantiene vínculos comerciales estrechos con China; en tanto que México es el principal social comercial de Estados Unidos. Sin importar esta condición, el gobierno estadounidense nos amenaza día con día, lo que denota imbecilidad, no sólo porque inevitablemente habrá un efecto económico bumerang, sino porque ignora la importancia que tiene la geopolítica en torno a sus propios intereses dentro de la región.

México es relevante y cualquier acción execrable, como una incursión en nuestro territorio o una invasión militar, llevaría a romper el frágil equilibrio que ahora existe en el balance global. No estamos en el siglo XIX o en los albores del siglo XX en donde el expansionismo y el colonialismo actuaban casi sin límites; ahora es evidente la existencia de contrapesos entre las dos o las tres principales potencias militares del mundo, a pesar de que el advenimiento de un energúmeno como Trump pone todavía más en riesgo no sólo a México, sino a la humanidad entera.

La supremacía de Estados Unidos en Latinoamérica está en duda tanto política como económicamente ante el avance comercial de China en los países del área. Su principal aliado político es un remedo de bufón, que pasó a ser el patiño de Elon Musk y que se denigra cada vez más al adoptar el comportamiento de un can adiestrado, que obedece y salta para ser premiado con rastrojos. Argentina es un país de contrastes; de ahí procede el Papa Francisco, el mayor humanista de nuestra época; también de ahí es el fantoche que sólo es un ser servil al poder, como lo es Javier Milei.

En México existen grupos que por frustración política o por animadversión están a favor de la subordinación y el sometimiento incondicional hacia Estados Unidos. Se mueven, otra vez, en el fango de la historia, sin entender las raíces profundas que han forjado nuestro destino como una nación libre, soberana e independiente. El veredicto lo ha dado nuestra gente: el 80% está de acuerdo con la actitud digna de nuestra presidenta y en esa misma proporción muestran su desagrado contra las alevosas amenazas de Trump.

Más allá de este grupúsculo de imbéciles, existe en los medios de economistas y financieros un temor que ronda en la pusilanimidad. El propio David Monreal – seguramente, asesorado por un economista – en un foro sobre finanzas públicas puso especial énfasis al advertir que, “si Estados Unidos impone un arancel de 25% a los productos mexicanos, la economía caería en una contracción grave, algo muy parecido a una recesión”; para luego señalar “que el problema no sólo es el comercio; que también se afectaría al presupuesto del gobierno, porque muchos de sus cálculos dependen del comercio exterior: el tipo de cambio, la balanza de pagos, los impuestos al comercio y hasta las remesas.

Más que preocuparse hay que proponer. Me parece que nuestra presidenta, de una vez por todas, debe poner en claro o recalcar, algunos principios trascendentes sobre nuestra economía y que parecían firmes, con o sin Trump:

1. El de ser una economía abierta al comercio internacional. Esta condición aclararía que México no podría cruzarse de brazos ante las presiones proteccionista y el fin de facto del tratado de libre comercio (T-MEC), al imponer Estados Unidos aranceles de 25% a nuestros productos. Es decir, se tendría que diversificar el comercio con el resto del mundo, lo que llevaría a suscribir tratados de libre comercio con diferentes países emergentes, sin descartar la incorporación de México como socio del bloque de los BRICS. Esto es algo que no se ha dicho prudentemente, en espera de que la bestia que preside el gobierno de Estados Unidos cambie de parecer; pero sería inevitable, justo porque se va a requerir minimizar el daño en el flujo comercial y en la balanza de pagos en cuenta corriente que traería consigo la agresividad arancelaria.

2. El mantener una economía con las mejores prácticas comerciales, estimulando el nearshoring. No es recomendable que México imponga aranceles sin ton ni son ante las presiones de Estados Unidos, eso ahuyentaría las inversiones y el comercio con China, la Unión Europea, Japón, Corea del Sur y otros países asiáticos. Se debe tener una política comercial cualitativa, lo que implica cuidar las cadenas de valor y el suministro de materias primas y de bienes intermedios o de capital que son escasos o inexistentes en la región norteamericana; además de que siempre será necesario tener acceso a las tecnologías de punta en el mercado global. Sólo pensemos en el caso del acero y el aluminio en donde Estados Unidos es deficitario con el mundo y México es deficitario con Estados Unidos. ¿De dónde se podrían importar estos metales imprescindibles en diferentes industrias, si no que de Canadá, Brasil, China o Alemania? De imponer aranceles, habría también un efecto pernicioso: se le impondría a las diferentes industrias que requieren para su producción de acero y de aluminio, un sobreprecio que según se dice sería de 20% de aceptar las condiciones del Departamento de Comercio de Estados Unidos.

3. La prioridad de hacer crecer y consolidar nuestro mercado interno. Los economistas siempre habíamos dicho que el modelo pro exportador sólo había posibilitado un crecimiento mediocre promedio de 2%. En 2022 y en 2023 cuando la economía mexicana creció por arriba de 3%, se coincidía que esto había sido consecuencia del comportamiento del mercado interno. Ahora volvemos hacia atrás y parece que nos encontramos ante el fin del mundo y no ante el posible ocaso de un modelo de crecimiento; lo que debe quedar claro es que dejar de catapultar el consumo y la inversión privadas, así como los salarios y el empleo, sería un acto suicida ante la contracción inevitable de las exportaciones que traería consigo la puesta en marcha de los desastrosos aranceles.

México debe mantener una estrategia congruente de desarrollo, este es el verdadero antídoto ante la escalada fascista que parece empañar al mundo y que inevitablemente nos afectará. Hemos mostrado resiliencia ante la adversidad – ante la crisis del Covid que paralizó al mundo -; ahora no me queda duda de que sabremos responder con inteligencia a las agresiones de quien quiere erigirse como el nuevo tirano del mundo. La era de Trump será transitoria, México sobrevivirá a este nuevo brote de la estupidez humana.

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