Es en serio. Morena es el nuevo PRI
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El Partido Revolucionario Institucional dominó durante décadas la vida política mexicana. Mediante un avasallamiento electoral caracterizado por el dominio del espectro ideológico, la compra de votos, la ausencia de una oposición fuerte y la utilización de los programas sociales como propaganda, entre otros elementos, el PRI fue el único partido de relevancia desde la Revolución mexicana hasta los años ochenta.
Morena, con sus propios rasgos distintivos marcados por el carisma unipersonal de AMLO, encarna el renacimiento de un partido político que había estado obligado a transformarse para sobrevivir en una escenario político que exigía mayor transparencia, rendición de cuentas y acatamiento de nuevas reglas en un contexto progresivamente democrático.
Los morenistas, bajo los eslóganes acuñados por AMLO dirigidos a hacer creer a los mexicanos que ellos sí que son diferentes, han buscado sembrar la idea de que son un partido renovado que ha roto con los vicios del pasado. Nada más lejano de la verdad.
Lo que quizás los miembros de Morena no han reconocido nunca es que las agrupaciones políticas no son entidades con vida propia, sino que están integradas por hombres y mujeres honestos y deshonestos, con buenas y malas intenciones, y susceptibles de verse dominados por sus ambiciones personales. En otras palabras, para la mala fortuna de la política, la corrupción y las malas prácticas existen en todos los partidos.
Miremos la campaña de Claudia Sheinbaum. Con un uso faccioso de los recursos de todos los mexicanos, AMLO ha utilizado los espacios públicos de las mañaneras para violar la ley con sus reiterados ataques contra la oposición, buscando asegurar la continuidad de su 4T con el triunfo de su candidata.
Sin el menor miramiento hacia lo que dicta la ley o hacia las autoridades electorales, AMLO y su partido han pretendido pasar por encima de la democracia electoral.
Morena, al igual que el PRI en el cenit de su poder, ha empleado todos los medios del Estado para disminuir a la oposición y consolidar el poder hegemónico, en un prístino caso de búsqueda de poner un “piso disparejo” en las campañas presidenciales.
Y sí, también hay corrupción en Morena. Desde la multiplicación de los cargos públicos en manos de funcionarios morenistas también se han sumado casos de adjudicaciones directas sin licitación pública, así como la operación de una red de corrupción en las administraciones locales.
En este contexto, no hace mucho hice referencia a lo que un amigo me relató sobre los múltiples casos de conflicto de interés en el gobierno de Quintana Roo. Desde la gobernadora Mara Lezama hasta el nivel de subdirectores del gobierno estatal, existe una red de “moches” en cascada en relación con la entrega de permisos para la construcción de casas, apartamentos y hoteles en el estado.
Así como sucede sistemáticamente en Quintana Roo, o como ocurrió en Texcoco con la impresentable Delfina, la corrupción de un buen número de miembros de Morena es tangible, latente y sistemática. De nuevo, al igual que el PRI, el partido oficial ha optado por las peores prácticas del pasado.
No, en contraste con el desgastado eslogan lopezobradorista de buscar el “renacimiento de México” la realidad apunta a que Morena es el nuevo PRI: corrupto, autoritario y antidemocrático.